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Para no aburrirme, a veces dejo escapar algunas palabras de mi campo de concentración léxico. Las pocas afortunadas que logran dar a la fuga, huyen por las puertas laterales del español asistidas por una voluntad de olvido profesional y eficaz. Rápido se ponen a salvo en el terreno neutral de lo impronunciable. Ahí se entregan a la anarquía del sentido y a partir de ese momento, pierdo todo rastro de ellas. Entonces empieza el juego de la sinonimia, que no es más que un reclutamiento lingüístico de personal: se busca reemplazante conceptual full time con experiencia previa y amplia disponibilidad significante, preferible registro medio-alto y aptitudes representativas. Éste, que puede parecer un proceso mental desgastante, ayuda a pasar el tiempo y favorece el rejuvenecimiento intracraneal, es decir, del pensamiento. El problema está en la sed de libertad que se contagia: es común que, al circular la noticia, las demás palabras se unan y armen levantamientos y revueltas difíciles de controlar hombre-rana qué pasa mosca atrevida incipiente hay un motín en el sector H o por B dibujo contención de emergencia cerrar puerta ocho planta unicornio provocando incoherencias pepita de oro disculpen cuadrilátero yuxtapuesto las molestias ocasionadas paréntesis abortar texto, punto.
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Así de simple.
Lo que antes eran ganas de estar con alguien ahora son ganas de estar con Alguien. De ganas genéricas a caprichosas hay un camino recto: el movimiento empieza con la aparición de un alguien que reclama para sí una mayusculación permanente y otro alguien que, sin darse cuenta ni cuándo ni cómo, consiente.
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En resumen. La semana pasada estuve en Marruecos. Pocas veces en la vida voy a poder decir eso. Marruecos me dejó instalada en el puro presente. Efectos colaterales del desierto. Por eso no es bueno salir de la cuadrícula. Una se pone tangencial con respecto a todo. Y es sabida la mala vida que llevan las tangentes. En la oblicuidad de lo diferente se extrañan los ejes. Lógico. Efectos colaterales de Descartes.
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Recuerdo insignificante susceptible de pasar al olvido es capturado en plena fuga:
Me miro al espejo en el baño, me veo con los ojos hinchados. Pienso será el cansancio, no sé. Salgo.
Algo que estaba por deshacerse en la nada, un segundo sin importancia que mi memoria no consentiría albergar, de eso me acordé recién, y pensé que hacía falta anotarlo, pensé que hacía falta, como tantas veces, ir justo a contracorriente de mi voluntad involuntaria. ¿Involuntaria? Inconciente. Y acá estoy, como diría un tango: por eso.
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Por ejemplo, puedo reproducir mi personalidad objetivamente. Mi personalidad es susceptible de ser aprendida y reproducida a la perfección: hay una receta para ser Leticia. Nada más tengo que ser exactamente como soy para ser Leticia. Soy capaz de representar el papel de mí misma y convencerlos a todos de que soy yo, Leticia. Pero qué pasa, ésta es una verdad sietemesina, necesita madurez, incubación, gestarse: en otras palabras, me olvidé a qué apuntaba con esto.
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Extrañar a alguien: Basta con retener la respiración más de un minuto, más o menos hasta ponerse verde, para entender a qué me refiero cuando hablo de ausencia de eso que hace falta para sentirse vivo y a salvo.
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Título: autocomplacencia.
El español no permite la imperatividad para con uno mismo: en mi caso, se nota.
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Clarín me hace, cada tanto, preguntarme:
¿Seremos los argentinos los creadores del surrealismo político?
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Escuchado por ahí.
"A veces la ficción es nada más que la realidad vista con lupa."
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Abstract:
Vivir, vivo de mi trabajo. Morir, muero por ser otra cosa.
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Los animales sienten, tienen sentimientos. La ficción, el documental, constantemente nos repiten esto. Los animales tienen sentimientos, pero atención: no piensan. No pueden pensar porque les falta un lenguaje articulado (materia constituyente del pensamiento). ¿Cómo se supone que tengo que aceptar este dato? ¿Cómo puede sentirse algo sin tener conciencia objetiva del sentimiento?
Listo. Ya tengo con qué llenar mi próxima sesión de terapia.
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Paul Nizan se sentía cercado por el enemigo porque claro, era francés, había nacido y crecido en París entre extraños: el extranjero de Camus.
Hoy, leyendo un artículo enmarcado con adsense, sentí curiosidad: si el París de Nizan de los años 50 era una cárcel enemiga, a lo nuestro, ¿qué nombre le ponemos?
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